La primera parte de este artículo, publicada la semana pasada en esta columna, puede ser consultada en:
http://bit.ly/nNTLkZ
Ha sido tal el encarecimiento de los alimentos en los últimos años que, dependiendo del país, los menos favorecidos están empleando entre 50% y 90% del total de sus ingresos para procurarse alimento, dejando de lado “lujos” como salud o educación. Queda claro, a la luz de los espantosos números que exhibimos como humanidad, que entre las causas importantes a la hora de contribuir con ese encarecimiento, está la forma obscena (y, sobre todo, remediablee) de como botamos comida en un mundo con hambre, bien sea por compras mal programadas, intención de lucro sin consciencia de desperdicios o dedicando alimento a la producción de combustible. Pero esas no son las causas principales. El mas feroz de los agentes inflacionarios se encuentra en donde menos lo esperamos.
II
Hemos pasado a usar como fuente de alimentación principal, en el mundo industrializado, la menos eficiente de todas las fuentes. Por un instante dejemos a un lado la subjetividad, el gusto y la evolución de nuestros hábitos, y pensemos únicamente en términos de números: 3 kg de cereales y 16.000 litros de agua se emplean para producir 1 kg de carne. Lo peor es que el aporte energético de ésta última representa casi la mitad del proporcionado por la misma cantidad de cereales, por lo que su uso para alimentar animales es una incoherencia que se presenta por partida doble.
Entre 1980 y el 2000 el promedio mundial de consumo de carne (medido por persona, por año) pasó de 27 a 36 kilogramos, lo que implica que en solo 20 años subió 33% el consumo de un rubro, cuya ingesta por año por persona se había mantenido uniforme por varios milenios en nuestro proceso de evolución. Las consecuenciasl de este aumento llegan inclusive a tener aristas insospechadas: Para 2006 se calculaba que 70% de la deforestación en Latinoamérica se hizo para poder sembrar pastura (principalmente soja y maíz), y se calcula que el sector de cría de animales contribuye en 18% al efecto invernadero, cifra, por cierto, mayor que la del sector transporte.
Así, que, por la avidez del mundo industrializado, estamos usando la mitad de los cereales producidos (nuestra mejor fuente de energía) para alimentar a la menos eficiente de nuestras posibles fuentes de alimentación, la que mas ayuda a encarecer el precio de los cereales y por ende a generar pobreza, la mas contaminante, la que consume mayor cantidad de la escasa agua que tenemos, la que menos contribuye a prolongar la vida y, por si ello no fuese suficiente, es la industria causante de los mayores porcentajes de deforestación de las últimas décadas… ¡Si esta ecuación la estudiara un alienígena, solo podría concluir que la humanidad es o loca o suicida!
En el plano teórico se sabe que podría obtenerse glucosa (con la que pueden alimentarse los animales) desde la celulosa de maderas, hojas y algas. Pero esa investigación cuesta dinero y es mas barato dejar de pensar en los hambrientos y seguir alimentando vacas con cereales. La ironía es que, en efecto, se está invirtiendo dinero en investigarlo, pero... ¡Para producir gasolina! El espanto es que si no alimentáramos a ningún animal con cereales, la producción actual anual destinada exclusivamente para estos (1,5 millones de toneladas), permitiría alimentar a la mitad de la población mundial con una ingesta diaria de 3.000 calorías de energía.
Bien lo dijo la FAO, organismo de las Naciones Unidas que define las políticas de agricultura y alimentación, en su informe de 2003: "La seguridad alimentaria existe cuando todas las personas tienen acceso físico y económico a alimento, seguro y suficiente, para poder llevar una vida sana y activa en todo momento". Es esperanzador que tengamos la certeza de que, con volver a los niveles de consumo de carne per capita de hace 50 años, con la producción actual lograda gracias a los avances tecnológicos en ese mismo periodo, habría cereal suficiente para alimentar a la totalidad de los 1.200.000.000 millones de desnutridos.
Históricamente el hombre no solo comía menos carne, sino que alimentaba a sus animales con sus desperdicios orgánicos. Nunca veremos a un campesino con un poco de tierra productiva, alimentando a sus cerdos o sus pollos con lo sembrado para consumo humano. Nadie plantea dejar de comer carne por completo, sino únicamente regresar al punto en el que nos equivocamos. Si para producir carne para unos, tenemos que quitarle la tierra y el alimento a otros, no estamos ante una humanidad justa. Veremos en la última parte de este trabajo, que las soluciones no son difíciles. No lo son en la medida en que el cambio colectivo se inicie en el corazón del individuo.
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